Muchos corren para perder peso, para estar en forma, incluso algunos corren para ganar carreras… Pero otros muchos lo hacemos también para sentirnos vivos, con más energía.

Todo en el universo es energía, eso dicen, y la energía es la que nos mueve, la que nos sostiene día a día. Correr nos recarga nuestras baterías vitales, nos da una fuerza casi inagotable, nos convierte en pequeños superhéroes de lo cotidiano.

Todo se transforma en energía y, sin duda, el running es un catalizador esencial que nos despeja la mente, nos aclara la percepción de todo lo que nos rodea, y nos genera alegría y vida. Por supuesto que la energía es vida, el running es energía, por tanto, es vida.

Es como un pequeño motor que llevamos en nuestro interior que se acciona por una imaginaria dinamo, como esa que teníamos en las ruedas de nuestras antiguas bicicletas para encender la luz e iluminar el camino, o hacernos visibles. Hoy, los LEDs han sustituido esos ‘faros’, la tecnología hace más fácil y menos pesadas nuestras tareas, nuestro movimiento… Pero correr, dar pasos más o menos largos, más o menos rápidos, hacia delante, no puede ser sustituido por ninguna máquina. Y tal vez esa acción tan primaria, tan natural, es lo que nos hace ‘engancharnos’ tanto a este deporte, a este hobby. Tal vez sea la magia del sudor, el premio al esfuerzo, a la persistencia.

Correr es energía, es química, es pasión. Correr nos despierta, nos motiva y nos ilusiona. Correr es nuestro propulsor.

Y si encima tienes la suerte de compartir carrera con amigos, el retorno para tu cuerpo es todavía mayor.

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