Da igual que seamos más o menos competitivos, pero seguro que a todos nos gustaría correr un poco más rápido. Normalmente, asociamos mejora en el ritmo de carrera con entrenamientos duros, de series o intervalos, con trabajar la fuerza haciendo cuestas o escaleras, con machacarnos en el gimnasio… Y es cierto.

Aunque hay algo que puedes hacer prácticamente a diario, al terminar tu carrera, que no supone un esfuerzo grande, que no requiere mucho tiempo, y que tendrá una incidencia directa en cómo corres. Incluso es divertido.

Es algo que los atletas de élite incorporan con naturalidad al final de sus entrenamientos, muy habitual sobre todo los días previos a una competición, para “coger chispa” y activar la musculatura. Además, mejora nuestra técnica.

Consiste en hacer entre 3 y 6 progresiones o rectas, de unos 60-100 metros a ritmo fuerte, empezando de menos a más y terminando a tope, después del entrenamiento. Da igual que sea tras una tirada larga o un trote suave de 30 minutos, no perderás más de 5 minutos al día ni acabarás cansado, pero enseñarás a tu cuerpo a correr con las rodillas altas, a bracear y a acelerar al final de un entrenamiento, igual que haces en las competiciones después.

Puedes hacer, por ejemplo, 4x80 metros recuperando la misma distancia al trote o hacer tres cambios de ritmo de 1 minuto de duración de forma progresiva. Hay muchas variantes, incluso puedes ir añadiendo más rectas a medida que vas cogiéndole el truco.

La idea es hacerlo controlando el ritmo, no es un sprint a tope, pero sí que tienes que tener la sensación de correr muy rápido. Es esencial que te concentres en correr ‘bien’, moviendo los brazos, aterrizando el pie en el suelo con la parte delantera, no entrando de talón.