Correr es un deporte tremendamente estratégico. No hablamos de competir contra otros, que ahí sí que la táctica es de vital importancia, sino de cómo planificar nuestra carrera desde el pistoletazo de salida hasta cruzar la meta para lograr nuestro objetivo de la forma más asequible, inteligente, placentera y ahorrándonos parte de sufrimiento.

Es importante recordar que participamos en carreras de fondo, en las que lo más importante es encontrar el ritmo que podamos mantener de forma constante. El primer punto que tenemos que plantearnos es nuestro ritmo objetivo. Por ejemplo, si queremos correr una prueba de 10 kilómetros en 50 minutos, nuestro ritmo por kilómetro debe ser de 5’ justo. Si salimos desde el primer kilómetro a esta velocidad seguro que desde el kilómetro 7-8 (o incluso antes) tendremos problemas para mantenernos en este margen. Lo ideal es contenerse y ajustar la velocidad para ir de menos a más y siempre teniendo en cuenta nuestra capacidad. Esa es la táctica perfecta, la que mejor funciona a la mayoría de corredores y la que nos hará cruzar la línea de meta cumpliendo con el objetivo del tiempo marcado.

Volviendo al ejemplo de correr 10km en 50 minutos, si en vez de salir a un ritmo constante de 5 minutos por kilómetro dividimos la prueba en tres partes (cada 3 km por ejemplo), podremos empezar algo más suaves, a 5’05” el primer tercio, ajustar nuestra velocidad a 5’ justos los siguientes 3 o 4 kilómetros y apretar un poco en la parte final a 4:55-57. Esta graduación del esfuerzo nos permitirá llegar mucho más enteros a la parte más exigente de la competición, con más fuelle. La sensación de correr “progresivo” es mucho más placentera que cuando vamos de más a menos. Si reservamos el ritmo en esos kilómetros iniciales, nuestro corazón y pulmones reservarán aliento para el sprint final y nos marcaremos una carrera de libro, para enmarcar.

Esta estrategia de carrera progresiva, corriendo siempre de menos a más, nos evitará sufrir más de la cuenta, y en distancias largas (como maratón o medio maratón) retrasar o directamente borrar el temido “muro” de nuestro horizonte.

Lo mejor para no equivocarnos en nuestra táctica es conocer nuestros límites y reservar energía, sobre todo en el primer tercio de la prueba, para dejar que nuestras piernas puedan acelerar en la parte final. Así la cerveza post competición nos sabrá todavía mejor, con una sonrisa en la cara.

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