Correr es un deporte muy económico, posiblemente el que menos gasto genera en cuanto a equipamiento. Eso sí, la parte más cara y fundamental en nuestro deporte es la ‘herramienta’ que colocamos entre nuestros pies y el suelo, ya sea asfalto, tierra, piedras, césped, tartán… Las zapatillas de correr son la única inversión que tenemos que hacer regularmente para proteger nuestros tendones, ligamentos, huesos y musculatura del impacto continuo y machacón sobre el suelo. Existen zapatillas desde los 30-40 € y algunas que llegan a los 180. Pero casi todas tienen en común que los materiales con los que están fabricados y el desgaste que les producimos corriendo hacen que tengan una vida limitada, normalmente inferior a lo que nos gustaría.

Hay que tener en cuenta muchos factores, porque ni todas las zapatillas son iguales, -  las hay de mayor calidad, las hay que se adaptan mejor a nuestro físico - ni todos los corredores gastamos zapatillas igual. Así que, arrancamos el post con un concepto que te dejará un poco dubitativo: un mismo modelo de zapatilla no tiene la misma durabilidad en dos corredores.

Por ejemplo, un corredor de 80 kg destroza unas zapas mucho antes que una mujer de 55 kg, o que alguien que corre por asfalto comprime los materiales mucho más que alguien que corre por tierra o césped. También depende de nuestro tipo de pisada (neutro, pronador…): un pronador severo deja para el arrastre unas zapatillas neutras muy rápido y viceversa. Además, las zapatillas ligeras, las de competición o las denominadas ‘mixtas’ también tienen una vida útil muy inferior a las más acolchadas o a las de entrenamiento.

Como regla general muy extendida, los propios fabricantes de material deportivo y algunos estudios científicos recomiendan jubilar las zapatillas entre los 700 y 1.000 km de vida, ya que, cuando alcanzan este kilometraje, los materiales de la media suela pierden muchas propiedades de amortiguación y reactividad a la pisada. Bien es cierto que se están desarrollando nuevos materiales (como el Boost de Adidas) o revisando algunos clásicos (como el Gel de Asics) que pueden durar más kilómetros sin perjuicio de la amortiguación… pero todavía queda mucho por recorrer en este campo.

Así que lo primero a tener en cuenta es que debemos tener cierto control sobre cuántos kilómetros llevamos ya con las mismas zapatillas. Esto es fácil si apuntamos los entrenos en un diario. Pero hay varios factores que podemos constatar por nuestra cuenta:

  • ¿Hay arrugas visibles en la parte lateral de la suela?
  • ¿Si miras las zapatillas desde el talón puedes apreciar que han perdido la forma original ‘recta’ y ahora está la suela un poco ‘retorcida’?
  • ¿Ha desaparecido el dibujo de la suela por desgaste?
  • ¿Están deformadas por arriba o tiene agujeros?
  • ¿Tienes molestias cuando llevas más de 20’ corriendo con ellas?
  • ¿Notas demasiado las irregularidades del terreno, piedrecitas…?


Si contestas que sí a alguna de estas preguntas muy probablemente es el momento de jubilar ya tus zapatillas de correr. Normalmente, un corredor que haga entre 30-50 kms a la semana de media cada año debería usar una zapatilla de correr cada 6 meses, y sería muy recomendable que alternara zapatillas distintas si sale a correr varios días seguidos. También es una gran idea tener unas zapatillas específicas para competir y otras más acolchadas para entrenar.

Si crees que estás ‘devorando’ zapatillas muy rápido sería una gran idea visitar a un podólogo especializado en deporte para que te haga un estudio y ver si estás eligiendo bien el calzado para correr.