Correr me ha cambiado la vida. No soy mejor persona por pegarme madrugones y salir a la calle en mallas o calzonas, o por salir de noche cuando el cuerpo lo que pide es descanso, sofá y tv. No soy mejor por ponerme un dorsal algunos domingos, por exprimirme al máximo en una carrera popular. Ni siquiera soy mejor por participar o por entrenarme sin descanso durante varios meses para cruzar la línea de meta de un maratón. Tampoco soy mejor por salir a trotar sin pretensión alguna, ni ritmo prefijado. Soy uno más entre los miles que hay en una línea de salida, o en un parque cualquiera.

Pero correr me ha cambiado la vida. Para bien. Me noto más sano, pleno, me divierte sentirme vivo cuando corro. Entrenar para lograr un objetivo es un aliciente para mi día a día. Salir a correr por el mero hecho de sentirse en movimiento, sin mirar el reloj, me da vitalidad. Con el reloj, contra el reloj, contra mí mismo, contra otros. Me importa poco la competición. Hablamos de sentirnos vivos. Correr es otra historia.

Incluso el sufrimiento tras un duro entrenamiento, tras correr con lluvia, viento o mucho calor, o hasta el día que no tengo demasiadas ganas de salir, merecen la pena. Y te das cuenta cuando paras de correr, cuando aprietas el ‘stop’ de tu reloj, gps o móvil, si es que lo llevas. Te das cuenta cuando has terminado la carrera o el entreno. Y como lo has vivido antes, ya sabes que mañana cuando termines de correr todo cobrará sentido. De nuevo. Merecerá la pena. Lo sabes.

Correr me ha cambiado la vida. Ahora me propongo objetivos, a veces irrealizables… Pero el camino, el proceso, hasta la línea de meta merece la pena por sí solo, incluso aunque no sea capaz de alcanzarlo. Correr va sobre estar, sobre ser, no sobre ir, da igual donde vayas. Correr no trata sobre cubrir kilómetros, o ir de un punto a otro. Trata sobre moverse.

Sé que correr me ha cambiado la vida porque no me pesa levantarme un domingo a las 7 de la mañana para tirarme al campo, a la montaña o al parque más cercano para devorar kilómetros. Es más, me ilusiona, no es ningún esfuerzo. Incluso los nervios cuando te estás poniendo un dorsal con varios imperdibles, tienen su sentido. Correr rejuvenece, me permite comer más de lo que lo hacía antes y, sin embargo, estar más delgado y saludable. Correr me ha cambiado los hábitos diarios, ya no fumo, me cuido más. Me quiero más.

Correr me ha aportado muchas cosas, como las lesiones y dolores en sitios inimaginables, o la alegría incontenible, casi universal, por batir una marca determinada o cruzar una línea de llegada que pensaba que jamás la sobrepasaría. Correr me ha permitido conocer nuevos amigos con los que compartir una cerveza después de entrenar, con los que charlar sobre lo divino y lo humano, sobre fútbol, política y los precios de los pisos en el centro. He aprendido muchísimo sobre mi cuerpo, tengo nuevos conocimientos sobre anatomía humana y manejo nuevos términos técnicos, inútiles para el resto de mortales pero que para mí son ya esenciales. Incluso correr tiene sus cosas malas, desagradables. Pero poco me importan.

Correr es vivir. Correr me ha cambiado la vida porque sólo con esfuerzo llegan los resultados, solo con tesón y persistencia se alcanzan nuevos retos, se suben escalones. Recibes corriendo tanto como tú das, ni más ni menos.

Correr me ha cambiado la vida, para bien.

Correr no es sólo correr.

Y ser BeerRunners es, también, mucho más que correr.